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sábado, 10 de octubre de 2015

LOS OJOS VERDES

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Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

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martes, 8 de septiembre de 2015

MAESE PÉREZ EL ORGANISTA

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En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
—¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
—¡Toma! —me contestó la vieja—, en que ese no es el suyo.
—¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
—Se cayó a pedazos de puro viejo, hace una porción de años.
—¿Y el alma del organista?
—No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora les sustituye.

Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer esta historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

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sábado, 31 de mayo de 2014

LA MACARENA Y SU LEYENDA



La legendaria historia de la Macarena se inicia con la llegada de un viajero italiano a Sevilla, que iba a embarcarse hacia las Indias, pero enfermó antes de subirse al barco. Fue trasladado al antiguo hospital de las Cinco Llagas, donde falleció sin testamento alguno y sin que nadie reclamara su cadáver.
Al año siguiente, el hospital decidió apropiarse de las pertenencias del misterioso viajero. Abrieron su maleta y allí apareció la mascarilla y las manos de una hermosa imagen de la Virgen.
Cuenta la leyenda popular que tuvieron que ser las monjas del hospital quienes se hicieron cargo de la Virgen, que por falta de espacio en la capilla del sanatorio quedó guardada sin recibir culto. Una hermandad recién fundada en el cercano templo de San Basilio, en el siglo XVI, y que tenía como titular al Santo Crucifijo, tenía la idea de adquirir una imagen para que llevara la advocación de Esperanza. Fue así como, según cuenta la tradición, miembros de la corporación conocieron a la preciosa imagen que guardaban con celo las monjas. Dio la casualidad que, por aquellos tiempos, al hospital le hacía falta un reloj con campanas. Al enterarse de ello la hermandad, les propuso cambiar la Virgen por un reloj que recientemente le habían donado al convento. Lo aceptaron, pero bajo una premisa irrompible: si la Virgen volvía a entrar alguna vez en el hospital, actual Parlamento, de allí no volvería a salir. Durante cientos de años, la hermandad respetó ese pacto no escrito y nunca más volvió al hospital... hasta el año 1937. Aquel Viernes Santo, aunque la Virgen entraba en la Anunciación por la quema de San Gil, la hermandad decidió ir hasta el hospital, donde recogió a varios militares heridos, que se incorporaron al cortejo y la acompañaron de vuelta al templo universitario. Se incumplía entonces el mítico acuerdo, pero la Virgen siguió perteneciendo a la hermandad.

( Félix González de León, cronista de la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX)

Si te interesa leer algunas leyendas sevillanas más:
-El cristo de las Mieles 1ª parte.
-El cristo de las Mieles 2ª parte


sábado, 15 de octubre de 2011

LEYENDA DEL LEGO INGENIOSO - 1ª parte


Regresaba el rey don Pedro de una cacería, y al pasar por junto al convento de San Francisco decidió entrar para visitarlo. Preguntó por el prior, y le dijeron que había ido a predicar una novena en Jerez.

-No quiero yo para esto a mis religiosos, ni me agrada que salgan de la ciudad para irse a predicar a otros lugares apartándose de su convento. Bien podría Su Paternidad haber predicado aquí, y dejar que en Jerez lo hiciera alguno de los muchos y buenos predicadores que allí asisten,

-Es que nuestro muy reverendo prior es un verdadero sabio, y le llaman en todas partes para predicar sin que pueda excusarse de ir a iluminar a tantas ciudades con su sabiduría.

-¡Hola! ¿Conque sabio tenemos? Pues mañana se verá si es tan sabio como vos presumís, y él se tiene. Mirad que sin demora, en cuanto vuelva a Sevilla, acuda al Alcázar, a comparecer ante nuestra real presencia.

Y añadió con voz de amenaza:

-Advertirle a vuestro muy reverendo prior, que se vaya preparando para contestar tres preguntas que le haré, donde veremos si es tanta su sabiduría.

Regresó el prior de Jerez, y al informarle los frailes de lo sucedido se llenó de temor, y se encerró en su celda a rezar a todos los santos para que le librasen de la cólera del monarca, pues sabía muy bien hasta dónde llegaba la severidad del rey.

En estas inquietudes y desasosiego estaba pasando la noche el prior, esperando que amaneciera para ir al Alcázar, cuando llamó a la puerta de la celda un fraile lego que llevaba una taza de caldo, y al verle tan afligido le dijo.

- No se abrume vuestra paternidad, que Dios aprieta pero no ahoga, y yo le aseguro que podrá salir bien fácilmente de este trance.

-¿Fácilmente decís? Cómo se conoce que Su Reverencia no conoce el mal genio del rey nuestro señor.

-Si vuestra paternidad me lo permite, le diré que yo antes de ser fraile fui hombre de campo, y tengo mucha gramática parda. ¿Por qué no me deja ir al Alcázar, y ser yo quien soporte la primera indignación del rey, hasta amansarlo?

El prior, que de todos modos se veía ya destituido, desterrado, y quién sabe si ahorcado, pensó que poco podía perder con fiarse de la gramática parda del lego, y recomendándole que llevase la capucha bien echada a la cara para no ser conocido, le dejó ir en sustitución suya.

Llegado a la presencia del rey, el lego sin quitarse la capucha y con los ojos bajos como en señal de máxima humildad, saludó al monarca, procurando no ser conocido.

-Me tenéis muy enojado, padre - comenzó el monarca con voz que estaba preñada de malos presagios -. No me gustan los frailes andariegos, ni los priores que desamparan a su comunidad, dejándola sin cabeza ni gobierno para irse a predicar en otra ciudades, donde hay otros religiosos que muy bien pueden hacerlo...continuará

Texto extraído del libro: Tradiciones y leyendas del Rey Don Pedro I- Jose María de Mena

LEYENDA DEL LEGO INGENIOSO 2ª parte


Encasquetose más la capucha el fraile, y bajó aún más la cabeza, como si estuviera muy compungido.


-Y puesto que os habéis arreglado tan bien para infundir en vuestra orden esa creencia de que sois un sabio, vais demostrármelo a mí, contestando a estas tres preguntas: la primera. ¿Cuánto valgo yo? La segunda ¿Dónde está el centro de la tierra? La tercera. ¿En qué cosa estoy yo equivocado? Reflexionad bien y contestad con sabiduría porque si no, padre prior, os juro que lo pasaréis muy mal.


Tras estas enérgicas y amenazadoras palabras del rey, quedó el fraile inmóvil, metió las manos en las mangas como quien medita. Y después de permanecer así unos instantes contestó:


-A la primera pregunta de vuestra alteza, de cuánto podéis valer, os digo que veintinueve reales; recordad que a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas, y no creo que vuestra alteza pretenda valer tanto como Nuestro Señor.


Satisfizo al rey la respuesta y aguardó.


-A vuestra segunda pregunta, de dónde está el centro de la Tierra, y sin que lo toméis a lisonja, os diré que el centro de la Tierra está mismamente donde tenéis puestos vuestros pies, no porque seáis rey, sino porque siendo la Tierra redonda, por cualquier sitio tiene ella debajo su centro.


Tambien satisfizo al rey la respuesta.


-Y finalmente, a vuestra tercera pregunta, sobre en qué cosa estáis equivocado, no sería yo quien me atreviese a señalar a un rey en sus asuntos de gobierno en lo que pueda estar equivocado, pero sí en ciertas cosas menudas y domésticas. Y así por ejemplo, os diré que en lo que ahora mismo estáis pensando, estáis completamente equivocado.


-¿Por qué?


-Porque en este momento pensáis que estáis hablando con el prior del convento de San Francisco, pero estáis equivocado porque con quién estáis hablando no es más que un lego de la cocina.


Y levantándose la capucha dejó ver su rostro.


Quedó maravillado don Pedro I del ingenio, aplomo y sobre todo del valor que el lego había tenido para comparecer ante él.


-¿Y por qué ha venido el leguito de la cocina en vez del prior, a quien había llamado?


-Porque la sabiduría de mi prior es tan grande, que no era necesario para estas preguntas, y pensó que para contestarlas sería suficiente el último lego del convento.


Comprendió el rey la sutileza con que el lego quería salvar a su prior, y contestó con otra argucia semejante.


-estás muy bien. Pues podéis decirle a vuestro prior, que su grandísima sabiduría es lástima que se desperdicie en una ciudad como ésta, en la que nos podemos bastar con la sabiduría de un lego. Así, que prepare su maleta, monte en su mula, y se vaya hacia otra ciudad de mayor calidad y grandeza que la nuestra, donde aprovechen mejor a Dios y a los hombres sus talentos. Yo me conformo con la modesta sabiduría de un lego, para que luzca y brille el primer convento de Sevilla. Así, que desde hoy veréis el prior de San Francisco.


Texto copiado del libro: tradiciones y leyendas del Rey don Pedro I- (Jose María de Mena)



lunes, 27 de junio de 2011

LEYENDA DEL FRAILE ESPADACHÍN






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El rey Don Pedro I se preciaba de ser el más hábil esgrimidor de espada de toda Sevilla, en lo cual no le faltaba razón, puesto que desde su más tierna infancia se había ejercitado con los mejores maestros.
Sucedió que al convento de San Francisco vino como fraile lego un hombre misterioso, que por su aspecto más parecía noble y guerrero que piadoso y humilde. mucho se hablaba de él en toda la ciudad, y aunque nadie conocía a ciencia cierta su procedencia, las personas más allegadas al convento relataban que se trataba de un caballero muy ilustre de Navarra, que por haber cometido cierta muerte en desafío, arrepentido se había metido a fraile, ocupándose por penitencia en bajos menesteres conventuales.
Ello es lo único que en realidad se sabía es que el tal fraile lego venía acompañado de gran fama esgrimidor, y en cierta ocasión él mismo involuntariamente dijo que había sido hasta hacía poco meses, el mejor espadachín de Navarra.
El rey Don Pedro, al saber esta novedad, pensó que le estaría bien medirse con el mejor esgrimidor de Navarra, puesto que ya se había medido, victoriosamente, con los mejores espadachines de Castilla, así que decidió probar fortuna. Pero no quiso invitar al fraile a que viniera a la sala de armas del Alcázar, puesto que quizá se dejara ganar por cortesía, y el rey lo que deseaba era un encuentro formal y sin ventaja.
Así que, en sus paseos por la ciudad, a que tan aficionado era el rey, que cada noche abandonaba el Alcázar y deambulaba solo por las calles sevillanas, dió en rondar por los alrededores del convento de San Francisco por ver si tenía oportunidad de encontrarse con el fraile. Por si tenía tal oportunidad, el rey llevaba ocultas bajo su larga capa dos espadas, una para él y otra para el fraile, quien, naturalmente, no estaría armado.
Cierta noche, al pasar por lo que hoy es la calle Méndez Núñez en su desembocadura a la plaza Nueva, encontró el rey abierto un postigo que daba a un patinillo posterior del convento, y que por olvido habían dejado abierto.
Entró el rey, hizo ruido, y tuvo la fortuna de que saliera el fraile lego a quién él buscaba, el cual tenía a cu cargo las faenas domésticas de aquella parte del convento. Creyó el fraile que quien entraba era un ladrón y salió a su encuentro animosamente, y el rey dejó caer una de las dos espadas, como casualmente, con lo que el fraile la cogió y pelearon. En todos los asaltos que intentaba el rey, su espada encontraba como una barrera infranqueable la espada del lego, que le oponía una resistencia invencible. Durante largo rato se batieron sin que ninguno de los dos cediera, hasata que al fín, y cuando el rey ya estaba cansado y sudoroso, el fraile con un revés, le hizo saaltar la espada de la mano, arrojándola lejos. Quedó el rey desarmado, y el lego por escarmentar al ladrón que él suponía, alzó la espada para herirle la cara y dejarle marcado, según costumbre, pero el rey le detuvo con un gesto y sedio a conocer:
-¡Tente, lego que soy el rey!
El lego bajó el arma y sonrió.
-Ya me imaginaba señor. Ningún esgrimidor en toda España hubiera podido mantenerse frente a mí durante tanto rato, y ponerme en tan recios apuros como me habéis puesto.Y no os avergüence el haber sido desarmado perdiendo la espada, pues no habéis sido vencido por un vasallo, sino por un igual vuestro. No diré mi nombre, porque me ha sido impuest en penitencia por el propio Santísimo Padre en Roma el guardar el secreto de mi nombre por humildad. Pero baste deciros que en mis venas hay sangre de la estirpe real de Navarra, y de la estirpe imperial de Carlomagno.
Quedó satisfecho con esto Don Pedro, y despidiéndose le dijo al lego que si deseaba alguna gracia. A lo que contestó el fraile:
-Sí, por cierto; nuestro convento de San Francisco está sin agua, pues solamente disponemos de un pozo, escaso y salobre. Os pido por única gracia que concedáis a esta comunidad un caño de agua de la que viene al Alcázar del acueducto de los caños de Carmona.
Así lo prometió el rey, y al día siguiente se empezó a tender una conducción desde el Alcázar al conven to casa Grande de San Francisco, con lo que se remedió su necesidad.
Tradiciones y Leyendas Sevillanas- José María de Mena.




miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA LEYENDA DEL CANDILEJO Y LA CABEZA DEL REY DON PEDRO 3ª PARTE




Y después añadió , ya en voz alta para que lo oyeran todos:



-Verdaderamente, este buen hombre me ha denunciado al verdadero matador del hijo del conde de Niebla, por lo que mando que mi mayordomo le entregue de presente las cien doblas de oro prometidas, y vaya muy en paz.



Acudieron los Guzmanes, con don Tello de Guzmán por mayoral, a ver al rey y a exigirle que cumpliera lo que había prometido por pregón, de poner la cabeza del homicida en un nicho en la calle de los Cuatro Cantillos, y el rey aseguró:



-Podéis ir allí esta misma tarde, que la cabeza quedará puesta en su lugar como he prometido.



Aquella tarde, no sólo los Guzmanes sino toda Sevilla estaban en los alrededores de los Cuatro Cantillos, esperando a que el verdugo cortase la cabeza del matador del caballero Guzmán. Pero cuando aguardaban que llegare el verdugo con el reo montado en una burra, o arrastrándole metido en un serón,según era costumbre, llegó el verdugo, acompañado de fuerte guardia de soldados, y portando en un carretón un cajón de recias tablas de roble.



El pregonero que iba con la guardia echó su redoble de tambor, mandó callar a todos y leyó su pregón:



-"Manda el muy alto y poderoso rey don Pedro , que la cabeza del hombre que mató al hijo del conde de Niebla sea puesta en un nicho en la pared de este lugar, donde cometió su homicidio. Pero por tratarse de persona muy principal, y por importar a la tranquilidad, sosiego y paz de esta ciudad, el que no se conozca quién fue el dicho matador, y que entre las familias del matador y el muerto se podrían hacer bandos y luchas, ordena el rey que la cabeza se ponga en el nicho, tal como está metida dentro de este cajón, sin que nadie sea osado a abrirlo para reconocerla. Y Póngase por delante fuertes rejas de hierro, para que nadie pueda robarlo".



Así se hizo, y tras subir con gran trabajo el cajón al nicho que los albañiles habían dispuesto, un herrero empotró en la pared una gruesa reja de hierro, tras lo cual permanecieron allí durante bastantes meses los soldados dando guardia.



El vulgo empezó a llamar al lugar de los Cuatro Cantillos con el nombre de calle del Candilejo, por la curiosidad de que aunque en Sevilla había frecuentes duelos entre caballeros que acababan con muertes a cuchilladas, nunca se había visto que dos personas para batirse llevasen consigo un candil, que eran lo que creían las gentes, pues nadie imaginaba que el candil había caído de las manos de la vieja desde el ventano.



Pasaron años. Se suscitó la guerra entre don Pedro y su hermano bastardo don Enrique de Trastámara. Pusiéronse los Guzmanes en contra de don Pedro, y tras la muerte de éste,asesinado en Montiel, los Guzmanes volvieron a Sevilla, dueños ya del mando de la ciudad, pues el nuevo rey nunca quiso conservar aquí la capital del reino.



Don Tello Guzmán, tan pronto como se vio gobernador de Sevilla, mandó que quitasen aquella reja, y que abriesen el cajón de roble, en el que pensaba encontrar la cabeza, o calavera, del matador de su hijo, y que clavaría en un garfio para público espectáculo.



Pero he aquí que al romper las tablas del cajón el carpintero, el público que presenciaba este acto lanzó una exclamación de sorpresa. La cabeza que había en el nicho era la cabeza de piedra de una estatua del rey don Pedro I. Para cumplir su palabra de poner allí la cabeza del homicida, había hecho descabezar una estatua suya del Alcázar, y meter la cabeza en aquel cajón; así que verdaderamente su cabeza era la que estaba en el lugar prometido.



No se atrevió don Tello a destrozarla como habría sido su gusto, pues aunque vencido y muerto don Pedro había sido rey, y el nuevo monarca don Enrique, no habría consentido una afrenta y agravio contra la efigie de su hermano. Por lo que dejaron las cosas así, y solamente se le puso a la cabeza cortada un añadido para convertirla en busto, y se dejó en la hornacina o nicho donde aún está y puedes verla, lector. y la calle esquina a la del Candilejo se llamó desde entonces, y se sigue hoy llamando, calle de la Cabeza del Rey don Pedro.



Texto: Tradiciones y leyendas sevillanas (José María de Mena). Foto:wwwfotolog.com

lunes, 22 de noviembre de 2010

LA LEYENDA DEL CANDILEJO Y LA CABEZA DEL REY DON PEDRO 2ª PARTE




- ¿Y decís que le han asesinado?- contestó calmosamente el rey- Pues las noticias que yo tengo por mis informadores son muy otras. Me han dicho que cuando le recogieron muerto, se vio que tenía la espada en la mano, y la herida que le dio la muerte estaba en el pecho. Así, más bien parece tratarse de un duelo entre caballeros, cara a cara, y no un asesinato como vos decís.



Se mordió los labios contrariado y enfurecido don Tello viendo que el rey sabía también la verdad, aunque él no imaginaba cómo.



- Aún hay más .Junto al cuerpo de mi hijo fue encontrado un candil...



- Otra razón para que no penséis que le asesinaron - atajó vivamente el rey.



- ¿Por qué, señor?



- Porque eso demuestra que no hubo sorpresa ni el matador se amparó en la oscuridad, sino por el contrario riñeron a la luz del candil, para no acuchillarse a oscuras.



- De todos modos, señor, pido justicia contra el matador de mi hijo..., si es que hay justicia en estos reinos.



- Larga tenéis la lengua, señor conde. Pero os disculpo por la gran pena que tenéis en estos momentos. Pero para que veáis que sí hay justicia, os prometo solemnemente, y delante de estos caballeros, que si el matador de vuestro hijo es descubierto, mandaré poner su cabeza en un nicho, en la pared, en el mismo lugar donde hizo esta muerte.



Marcháronse los Guzmanes, y en seguida, el rey mandó echar un pregón por toda Sevilla diciendo que se premiaría con cien doblas de oro a quien denunciase ante el rey quién había sido el matador del hijo del conde de Niebla. Y el pregón añadía: "Y el rey don Pedro manda, que si fuese hallado el matador, sea su cabeza puesta en un nicho en la misma calle donde le dio muerte".



Oyó este pregón Juan el carbonero, y dijo a su madre:



- Albricias, madre, que hoy se nos ha entrado la fortuna por las puertas. Vamos a ser ricos y saldremos de estas estrecheces.



Y como era agudo, valeroso, y confiaba en su buena estrella, acudió, apenas se lavó la cara y se vistió de limpio, a presentarse en el Alcázar, donde pidió ser recibido por el rey.



- Señor, he oído el pregón que habéis mandado echar, sobre dar un premio a quien denuncie al hombre que mató al caballero Guzmán en los Cuatro Cantillos. Yo vengo a deninciarle.



-¿Qué decís? Si estáis mintiendo haré que os encierren y os entregaré al verdugo.



-No, señor, que no miento. Pero os lo diré a vos a solas, puesto que es una persona de calidad, y no debo decirlo en presencia de guardias y criados, ni siquiera en presencia de ministros y consejeros.



El rey don Pedro, tan preocupado por el inesperado denunciador, como curioso por saber qué era lo que éste había podido conocer del lance, se apartó a un lado del salón con él.



- Hablad pues, y explicadme lo que sea en voz baja.



- Señor: mi anciana madre que se asomó a una ventana vio el suceso, y pudo conocer al matador.



-Decidme su nombre.



- Oh, eso no, porque es un hombre tan alto que no se puede pronunciar. Pero os lo mostraré en persona. Mirad por aquella ventana y lo vereis enfrente.



Y diciendo estas palabras, Juan el carbonero le señalaba, no a una ventana, sino a un espejo, que él sabía que estaba en aquel salón, pues tiempo atrás había venido a colocarlo él mismo en la pares, ayudando a un cuñado suyo que era vidriero de espejos.



Don Pedro al oír estas palabras miró hacia el espejo, se puso frente a él, se contempló despacio, y seguidamente se volvió hacia el carbonero y le dijo en voz baja.



- Lleváis razón. Ese hombre que se vé por esa ventana, como vos le llamáis, es quien mató al caballero Guzmán. Pero de ahora en adelante os prohíbo que lo digais a nadie más, sopena de mandaros ahorcar.


foto: http://mujeresdeleyenda.blogspot.com/

domingo, 21 de noviembre de 2010

LA LEYENDA DEL CANDILEJO Y LA CABEZA DEL REY DON PEDRO 1ª PARTE



Dedicatoria: Para Antonio, (mientras te metes en el mundo de la lectura, te olvidas de todo)



Cierto caballero de la poderosa familia de los Guzmanes, enemigos de la rama legítima reinante, a la que aspiraban a destronar para suplantarla por los bastardos Trastámara-Guzmán, como al fín lo consiguieron, se dedicó a propalar por Sevilla algunas murmuraciones y sátiras contra el rey, cuya gravedad llegaba a constituir delito de lesa majestad. Don Pedro podía haber hecho prender y condenar a muerte al autor de tales rumores, pero por un lado no le convenía provocar a los Guzmanes, para evitar que se precipitase la situación a una auténtica guerra civil, y por otra parte su temperamento caballeroso y valeroso se resistía a valerse de la máquina judicial para castigar a un difamador de su honra, considerándose él como caballero, el obligado a castigar personalmente al culpable. Así que se propuso darle muerte, en duelo y por su propia mano.



Aguardó, pues, don Pedro una ocasión propicia, y sabiendo que cierta noche el caballero Guzmán había de salir solo por la ciudad, le esperó en una calle solitaria que se llamaba calle de los Cuatro Cantillos, y allí espada en mano, le pidió cuentas de sus palabras ofensivas, dándole oportunidad de defenderse. La noche era oscura, inverniza, y no transitaba un alma, por lo que se acuchillaron ambos sin testigos y a su sabor.


Estaban en plena pelea, cuando en una de las casas se abrió sigilosamente una ventanuca del piso alto, y se asomó una vieja con un candil en la mano, intentando curiosear a la amarillenta luz del candil quiénes eran los que reñían. Siguieron los dos combatiendo sin enterarse de que los miraban, obcecados ambos en el ardor de la reyerta. Por fín don Pedro, más hábil esgrimidor que Guzmán, dio a éste una estocada en el pecho y le derribó muerto en tierra. La vieja, horrorizada de lo que había visto, dejó caer en su mano temblorosa el candil con que había iluminado la sangrienta escena, cerró el postigo de la ventana, y rezando entre dientes se volvió a su habitación, pero no sin que le diese tiempo de oir que el matador volvía la espada a su vaina y se alejaba otra vez, embozado en la capa, sonándole al andar las choquezuelas de las rodillas.


La vieja oído alguna vez decir que el rey don Pedro, a consecuencia de cierta caída de caballo, se resentía de las rodillas, que le sonaban cuando andaba de prisa.


Al día siguiente la vieja mostró tal excitación y medrosidad, que su hijo Juan, el carbonero, única persona que vivía con ella, se apercibió de que algo le ocurría y tras instarle a que le explicase la causa, la vieja le contestó temblorosa:


-Anoche han matado a un hombre ante nuestra casa, y por mis pecados he tenido la desgracia de ser yo la única persona que lo ha visto.


- Pero, madre, eso no es una tal desgracia. Con no decirlo a la justicia nadie sabrá que presenciateis el suceso.


- ¡Ay, hijo mío! Lo sabrán, porque cuando estaba asomada a la ventana, se me cayó el candil a la calle. lo encontrarán y estaré perdida, pues la justicia para averiguar lo sucedido me darán tormento, y quizá te culpen a tí de la muerte.


Juan el carbonero no era hombre que se asustase de nada, así que abrió la puerta de la casa, y salió a buscar el candil. Sin duda quienes recogieron el cadáver se lo habían llevado como prueba del delito.


Juan el carbonero intentó tranquilizar a su vieja madre, y cuando la vio más sosegada bajó a la cuadra, aparejó al borrico, le echo su carga de carbón encima y se marchó como solía a vender por las calles. A poco de amanecer, y cuando ya empezaba a bullir plazuelas y mercados, se extendió por la ciudad la noticia de que aquella noche habian dado muerte a un caballero del poderoso linaje de los Guzmanes, lo que hacia temer en Sevilla ruidos y asonadas.


En efecto, los Guzmanes habían recogido el cuerpo de su deudo y el candil, y tras depositarlo en su palacio de la calle Jesús, acudieron los nobles Guzmanes, presididos por don Tello de Guzmán, conde de Niebla, a pedir audiencia al rey don Pedro en el Alcázar, reclamando con trémulas y airadas voces justicia contra los matadores de su hijo.

texto:Tradiciones y leyendas sevillanas - José María de Mena

foto:http://tertuliavillerados.blogspot.com/

martes, 2 de noviembre de 2010

EL CRISTO DE LAS MIELES 2ª parte





Progresaba Antonio Susillo en la realización del Cristo Crucificado y cada día se le veía más triste. por fín pudo entregarlo terminado al ayuntamiento, y precisamente en esos días estalló su tragedia conyugal. Su mujer no se amoldaba a sus ganancias,aunque fueran bastantes elevadas,de Susillo, sino que en vez de querer mantener el rango decoroso de la casa de un artista, quería ella llevar el tren de vida de los opulentos aristócratas, o acaudelados comerciantes, que eran los clientes de las estatuas de su marido. Naturalmente por mucho dinero que él ganase, nunca podría rivalizar con los infantes-duques de Montpensier, dueños del palacio de San Telmo, ni con los duques de Alba, ni con la reina destronada Isabel II, que pasaba sus temporadas en Sevilla. Los gastos excesivos de la mujer de Susillo habian llevado a la economía familiar a la bancarrota, y atosigado por los reproches de su mujer, que le decía:" Eres un cretino que no gana dinero suficiente para vivir". Susillo, cierto día en un arrebato de furia, decidió quitarse la vida. Tenía una pistola que le había servido como acompañante en sus viajes a París y Roma. Sacó la pistola de su estuche, la metió en el bolsillo del chaquetón abrigo y en el camino de San Jerónimo, siguiendo las vias del tren, al llegar a la altura del Departamento del Hospital, se sentó en un montón de traviesas de madera que había junto a la vía, y metiéndose el cañón de la pistola debajo de la barba, disparó el tiro que le dió la muerte. (Había cumplido poco antes sus treinta y nueve años de edad.)




Cuando encontraron al poco rato el cadáver, nadie sabía de quien se trataba. ¿Qúién podía imaginar que el más ilustre escultor de España, una gloria más aún que nacional, europea, iba a morir oscuramente en el borde de la vía, en la tremenda soledad del campo? En el periódico de la mañana siguiente decía la noticia en una columna de gacetillas de sucesos: "Hallazgo de un cadáver. Junto a las vías del tren, en el ramal ferroviario a San Jerónimo, apareció ayer tarde el cadáver de un hombre decentemente vestido. Fue trasladado al depósito judicial, donde aún no ha sido identificado".




A la mañana siguiente estalló el asombro y la consternación en Sevilla al descubrirse que el suicida del día anterior era nada menos que Antonio Susillo. Inmediatamente acudieron al depósito judicial sus discípulos, Joaquín Bilbao, Coullaut Valera, Viriato Rull y Castillo Lastrucci, con objeto de sacar la mascarilla al cadáver.




Como Susillo se había suicidado, las costumbres y leyes de entonces no permitían que se enterrase en el Cementerio General, oficialmente católico, así que hubo de ser sepultado en el Cementerio Civil, marginal y mal visto. Allí permaneció desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, en que el ilustre arquitecto municipal Gómez Millán manifestó al alcalde don Eduardo Luca de Tena la injusticia que significaba que el genial escultor Susillo estuviera en inadecuado lugar.




-¿Y dónde lo pondría usted?




-Pues al pie del Crucificado que él mismo labró.




El alcalde autorizó hacerlo y Gómez Millán, con los obreros municipales, sacó los restos y los puso según lo acordado, al pie del Cristo y con una sencilla lápida que sólo indica el nombre: ANTONIO SUSILLO.




La iglesia no se enteró, o no se dió por enterada, y así quedó Susillo en su definitivo reposo en honorable lugar.




Pasaron algunos días, cuando el público que acudía a visitar en el cementerio la tumba del artista, observó que de la boca del Cristo Crucificado salía un arroyo de miel, que le chorreaba por los labios y la barba, y le descendía por el cuello hasta el pecho. No era ningún milagro, sino algo muy sencillo y natural: un enjambre de abejas había hecho su panal dentro de la boca del Cristo, y la miel chorreaba desde el panal, por la imagen. Pero si el suceso era explicable y natural, no por ello dejaba de parecer milagroso, o maravilloso, el que habiendo tantos lugares en el cementerio de San Fernando, entre cientos de árboles, miles de rosales, decenas de capillas y panteones, las abejas hubieran elegido precisamente la boca del Cristo para hacer su panal, y precisamente a los pocos días de enterrarse allí Antonio Susillo.




Y como el pueblo siempre desea perpetuar los prodigios y maravillas, los sevillanos dieron en llamar al Cristo del cementerio con el nombre de "el Cristo de las Mieles" con que todavía hoy le designamos.








texto: tradiciones y leyendas sevillanas (José María de Mena)




foto 1ª parte:http://www.flickr.com/




foto 2ª parte:www.galeon.com

EL CRISTO DE LAS MIELES 1ª parte



Aunque todos los sevillanos han visitado alguna vez el cementerio de San Fernando, muy pocos sabrán que el grandioso Cristo Crucificado, en bronce, que preside la glorieta principal del cementerio, se llama con el bonito nombre de cristo de las Mieles.




En el año 1857 había nacido en la casa 55 de La alameda de Hércules, entre la calle Relator y Peral, el escultor Antonio Susillo. Hijo de un vendedor de aceitunas aliñadas del mercado de la Feria, Susillo no tenía por parte familiar la más mínima motivación para dedicarse a las bellas artes. Por el contrario- según su biógrafo Antonio Illanes-, su padre quería inclinarle por el negocio mercantil. Pero Antonio Susillo era espontáneo y originalmente artista, y así empezó a dibujar sin que nadie le enseñase, y a modelar con barro cogido del suelo de la Alameda en la puerta de su casa, pequeñas figuritas de imágenes religiosas. Cierto día, cuando apenas contaba siete años, acertó pasar por aquel lugar la infanta-duquesa de Montpensier, quien sorprendida de ver a un niño tan pequeño aquellas figuritas tan bellas, le tomó bajo su protección y le costeó sus primeros estudios. No había de defraudar esta protección Antonio Susillo, pues desde poco después, en plena adolescencia, empieza a conseguir premios por sus obras.




Antonio Susillo viaja por Europa, perfecciona su arte contemplando las esculturas de los grandes maestros italianos del Renacimiento y del Barroco, pero no es solamente un viajero aprendiendo, sino a la vez y con poco más de veinte años, ya es un maestro sembrando estatuas en Europa, entre ellas el retrato del zar Nicolás II,encargo que presenta la sorprendente historia de que el zar de todas las Rusias envió a Sevilla a buscar a Susillo a su gran chambelán el príncipe Romualdo Giedroiky, y no existiendo en rusia un taller de fundición de bronce de la calidad deseada por Susillo, se alquiló para él un taller de este tipo de fundición en París. Era a sus veinticinco años.


A los veintiocho años de edad. Antonio Susillo recibe del Ayuntamiento de Sevilla el honrosísimo encargo de crear el monumento a Daoiz, el héroe de la guerra de la Independencia, obra monumental de Susillo realiza en muy pocas semanas, y que es emplazado en el centro de la hermosa plaza de la Gavidia.Ya antes había hecho el monumento a Velázquez, erigido en la plaza del Duque.


Dos años después el gobierno le otorga la Encomienda de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, y ¡a los treinta años de edad! es nombrado académico numerario de las Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Otros monumentos hechos por Antonio Susillo son todas las estatuas de la balaustrada del palacio de San Telmo...finalmente, la grandiosa obra, la definitiva, el Cristo crucificado para la glorieta o rotonda central del cementerio.


Susillo, que se había casado en segundas nupcias, con una mujer que no le amaba como le había amado su primera esposa, sino que buscaba en él la posición brillante, social y económica, era infinitamente desgraciado. Su mujer le estimaba nada más que como una máquina de producir dinero, pero en cambio despreciaba su arte. su discípulo Castillo Lastrucci, contaba que cierto día en que Susillo trabajaba en una gran estatua, le llamaron inesperadamente y hubo de pasar desde el taller o estudio a las habitaciones de la casa. Al verle entrar salpicado de yeso y de barro, materiales con los que modelaba, su mujer le increpó furiosa: "Bah, yo creí que me había casado con un artista y resulta que me he casado con un albañil".

LA ABUELA

  Ana es el nombre tradicional de la madre de la Bienaventurada Virgen María y abuela de nuestro Señor Jesucristo.   La abuela es una figur...