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Lo mismo que llega el verano, me llega a la memoria "el bucaro". Los días de verano son muy largos y las noches interminables. Cuando los vecinos salían a las puertas de la calle, sacaban sus sillas o butacas y se pasaban las horas recibiendo el aire fresco de la noche, la chavalería nos dedicábamos a jugar en la calle, a disfrutar de las vacaciones, entonces no había tantos chalets, ni tantos apartamentos en la playa. Teníamos en casa una buena palangana llena de agua en el corral o la azotea, o quien tenía un poco de más suerte, una pequeña piscina de plástico para deleite de los pequeños en las horas de "la siesta". El búcaro estaba siempre colocado con esmero, en un lugar escogido del patio, para que recibiera "el relente de la noche" y recuerdo que la mejor agua que se bebía, era el agua fresca del búcaro. Al empinarlo para beber te caían unas gotas por la garganta y por el pecho y recuerdo que decían:
"El búcaro rezuma el agua
cuidado que no se rompa
y te llene las enaguas"
